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Diezmada por la muerte y las ausencias, sólo la mesa de la Nochebuena recordaba a la familia invicta a pesar de los recuerdos. La inocencia aprendida nos recordaba vivos alrededor de la memoria. Y, de generación en generación, todos los rituales felices se repetían con la exactitud del aprendizaje: los villancicos, los cánticos, el ruido en la pared esperando a Papá Noel entrar por la ventana y marcharse. Y sin embargo este tiempo triste nos recuerda que lo que nos dolió sólo nos quebró sin rompernos. Supimos reconstruirnos con los pedazos, pero nos dolemos aún de las cicatrices de la reconstrucción sobre la memoria y sobre la piel. Eso es, quizás, latir y sentirse vivos.

Lo peor de la pandemia, de este año aciago que es quizás un empezar de nuevo atrotinado, pero imperativo, es que este año la mesa se dispondrá sólo en la soledad de los convivientes, y más allá de eso quedará el recuerdo del tiempo que nos encontró para recordarnos vivos. De todos los rituales quebrados habrá, seguro, como en las páginas más sombrías de la historia, un recuerdo para la reconstrucción y una memoria de la supervivencia que nos permitirá reponernos. Pero habrá otro recuerdo que no quedará indemne y que, sobre la piel cuarteada por la vejez, convertirá a los más mayores en polvo de una página que arrancar deprisa, como si no hubiese sido suficiente la soledad del confinamiento, el dolor de la reclusión y la distancia del afecto.

Mi abuela cenará esta Nochebuena sola. Sin la mesa dispuesta, ni el trasiego de los pequeños, ni tampoco el ritual de un banquete donde siempre hay demasiados platos pero nunca suficiente afecto, aunque desborde en su cuerpo deslomado de dejarse la piel o sus manos cuarteadas de trabajar sobre el frío de los años. Tiene ochenta y seis, y ha enterrado a dos hijos y a su marido. Su único aliento vital inquebrantable era la reunión en la mesa donde pervivía la inocencia nostálgica de la Navidad eterna de nuestra infancia. Pero esta noche cenará sola. Una pandemia, quizás. El peso de los recuerdos. Y el tiempo implacable que nos impide el abrazo, el recogimiento o el arrullo. Estar cerca no será necesariamente estar al lado, pero estaremos cerca de ella, ahora que descuenta las Navidades del final de su vida y, en esta, había dispuesto un abrazo para entrar por la ventana en su casa y, como un destello, como el Papá Noel llamando a la pared, abrir la puerta a la vida ardiente y edificar el futuro en las ausencias. Somos porque fueron.

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