Discurs inauguració 43 Universitat d'Estiu de Gandia
Bona vesprada, benvinguts i gràcies per acompanyar-nos en l’acte inaugural de la 43 Universitat d’Estiu de Gandia. Gandia és capital de Comarques Centrals, de la Comarca de la Safor, i ciutat universitària des de 1546, quan Sant Francesc de Borja funda en les Escoles Pies de la ciutat, la primera universitat jesuítica del món. La vocació de projecció, de construir i alçar projectes de ciutat que transcendiren els segles, amb vocació de transferir coneixement, i de formar una societat educadora, en una ciutat culta, capaç de rebatre els mites dels segles, les trontolles de la història i els desafiaments de les generacions, ens ha convertit en una ciutat oberta al món, que és millor perquè es reconeix en la seua història i en les empreses permanents que és capaç d’escometre, treballant de manera compartida. ‘Així relluïxen les teues obres’, diu, no per casualitat, el lema de la nostra ciutat.
La Universitat d’Estiu de Gandia retorna a la nostra ciutat la seua condició de capital universitària, l’any 1984, amb una iniciativa engrescadora i transformadora que era, com fem les coses a Gandia, també un comboi ciutadà i un emblema cívic. Ho és, encara. Tornem a encetar un espai de pensament, de debat, d’intercanvi d’idees i coneixement impulsat per la Universitat de València, i que any rere any prestigia Gandia com una ciutat oberta a la cultura, a la reflexió i al progrès.
Vull felicitar el nou Rector de la Universitat de València, Juan Luis Gandia, i encoratjar-lo a treballar junts, en aliança amb la ciutat, per seguir engrandint esta iniciativa cultural i educadora, i enaltint la presència de la Universitat a Gandia. N’estic convençut, Rector, que amb el teu treball, i el del teu equip de Govern, ampliarem la presència universitària i d’estudis a Gandia, sent ciutat de màsters, i ja amb la Càtedra Joan Noguera, per seguir educant una ciutadania crítica però formada, capaç d’adaptar-se, com tantes altres vegades en la història, als reptes del segle convuls.
Antonio Machado imaginó hace un siglo una ‘máquina de trovar’ capaz de escribir poemas o coplas. Advertía sobre una modernidad que podría producir obras perfectas, pero sin alma. Decía Machado que el valor de aquel artefacto era más didáctico que estético, porque quizá podía entretener mientras llegaban “los nuevos poetas, los cantores de una nueva sentimentalidad”. La inteligencia artificial convierte ahora aquella intuición literaria en una realidad tecnológica. Machado anticipó una pregunta profundamente contemporánea: si una máquina puede producir versos automáticamente, ¿dónde queda la experiencia humana que da sentido a la poesía?
La tecnología puede ayudarnos a ser más rápidos, más eficaces o más precisos. Pero todavía hay algo que no puede sustituir: la conciencia, la sensibilidad, la mirada humana. Y precisamente por eso, esta 43 Universitat d’Estiu de Gandia nos invita a reflexionar sobre los desafíos de la inteligencia artificial en tiempos de incertidumbre universal. Un tiempo extraño, convulso y acelerado, en el que parece que todo está en riesgo, pero en el que todo está aún por decidir.
Así, los desafíos globales deben afrontarse desde lo local.
Las ciudades son el primer espacio de certeza de los ciudadanos, de los proyectos de presente, hartos de la desazón y del desconsuelo, ávidos siempre de esperanzas. Porque si la vida tiene la textura de la promesa, la misión principal de las certezas consiste en renovar los entusiasmos de manera que sean, para todos los gobernados, para todos los ciudadanos, esperanzas nuevas.
De la misma manera, las certezas han de demostrar la eficacia de las democracias, desdibujada con los populismos, ahora que el mundo nuevo simplifica los problemas complejos y les añade falsas soluciones sencillas: un algoritmo inédito, revelador, que ha mostrado las costuras de la arquitectura institucional, y que nos debe obligar a responder, además de con certezas y esperanzas, también con eficacia.
No una eficacia técnica, ni tecnocrática, ni un algoritmo con una respuesta sencilla –o que nos lleve sólo a lo que queremos ver, lo que deseamos consumir o a quien piensa como nosotros— o, aún peor, otra arquetípica que no desmonte la desazón ni añada rabia o enfado a la desesperanza de nuestros ciudadanos, en búsqueda de desarrollo de proyectos personales, vivienda, o un progreso humano y familiar que no dependa de nuevas fórmulas de vulnerabilidad, como aquella –ahora— con nómina o ingresos, o de exclusión. Una eficacia, de nuevo, con alma.
Porque necesitamos ser fuerzas políticas de la certeza, del mismo modo en que necesitamos un periodismo que sea, otra vez, certeza y respuesta, ahora que se han invertido casi todas las preguntas. No en busca del porvenir que nunca viene, como en el verso de Gil de Biedma, sino de un mañana que es hoy, porque hoy, como en el verso de Machado, es siempre todavía. Y aún.
Además de la eficacia, el periodismo y la política, el espacio público, han de ser certezas desde las que rebatir los mitos, los falsos argumentos y los datos erróneos que alguien ha decidido fabricar en nuestro nombre y alumbrar y predicar por nosotros.
La política y el periodismo no son la última frontera ni la primera trinchera, sino un espacio de garantías compartidas. Se puede y se debe crear un espacio político progresista y humanista desde las emociones, sin caer en el simplismo ni en el identitarismo, que, con alma y eficacia, con orden y entusiasmo, responda a lo universal desde la certeza de lo local. Que redescubra los lazos de comunidad, el reconocimiento de la alteridad y de pertenencia al otro, y los espacios de suerte compartida para los que siempre habrá una arquitectura institucional confiable y de certeza. Eficaz y con alma. Que piense que tan importante es el territorio de lo afectivo y de las emociones, el cuidado de lo colectivo y el respeto, como la identidad de la tradición, la invitación a las vanguardias y el anhelo de innovación.
En este contexto, las ciudades deben ser brújulas. Espacios capaces de orientar en medio de la incertidumbre. Lugares donde la educación, la convivencia y la cultura sigan teniendo valor. Gandia quiere seguir siendo eso. Una ciudad con tradición universitaria; una ciudad que piensa; dialoga y entiende el conocimiento no como un privilegio, sino como una herramienta para avanzar juntos. Que descree de los enfrentamientos, los monólogos y la polarización, y que trabaja, desde la asunción de que son los disensos los que construyen los consensos, por un proyecto de ciudad compartido donde la transacción es una obligación, y nunca una traición, sobre todo si tenemos presentes cada día nuestros valores fundacionales y nuestras creencias, nunca inmutables.
Porque la política debe volver a ser un espacio de ejemplo y esperanza, no de decepción y desencanto. El diálogo, el intercambio de ideas y la capacidad de llegar a acuerdos son valores esenciales para combatir el fantasma de la zozobra. Desde las ciudades debemos persistir en pensar. Pensar para entender el mundo, pero también para entendernos mejor entre nosotros. Pensar para combatir la indiferencia, la desinformación y el ruido. Pensar para reforzar los vínculos que nos hacen comunidad.
Pero con pensar no es suficiente. Continúo con Machado, quien nos invitaba a “pensar bien”. “Para decir bien hay que pensar bien, y para pensar bien conviene elegir temas esenciales que logren captar nuestra atención, conmovernos, apasionarnos y hasta sorprendernos”. Aquí tenemos una enorme memoria cultural y humanista, y un importante legado para seguir pensando “bien”. Y aprovechando la presencia del maestro Iñaki Gabilondo, también quiero reivindicar el valor del buen periodismo. Porque, como él mismo dijo recientemente, “el periodismo consiste en explicar lo que la gente tiene derecho a saber”.
Pero también —y quizá ahora más que nunca— en ayudarnos a comprender el mundo. A distinguir la información de las fake news. La verdad de la manipulación. Y la palabra honesta del simple espectáculo. No cabe ser pesimista. Al contrario, urge tomar el timón, detenernos un instante y hacernos las preguntas fundamentales: adónde queremos ir, cómo y con quién. Las respuestas las encontraremos en el humanismo, pero para eso antes hay que “asumir que somos humanos y nada más que humanos”, como diría Joan Fuster. “Y que ni dioses ni demonios, somos nosotros quienes debemos pensar y reconstruir los referentes morales para seguir avanzando”.
Frente a un mundo cada vez más acelerado y automatizado, la ingeniera de telecomunicaciones alicantina Nuria Oliver, insiste en la clave: que desarrollemos estas tecnologías desde un punto de vista ético y justo. En una reflexión muy similar, el Papa León XIV ha irrumpido en el debate sobre la inteligencia artificial, en su primera encíclica ‘Magnifica humanitas’, con una defensa inédita del bien común frente al poder tecnológico. Advierte de que la inteligencia artificial no puede hacernos olvidar aquello que nos define como personas. “Ha de servir a la humanidad y no a unos pocos”.
La intel·ligència humana no pot posar-se al servei dels poders no democràtics que perseguixen objectius indignes. És més important que mai, per això, una resposta crítica front als dogmes o els apriorismes, front a les noves creences de la negació o les noves formes d’intolerància o d’ignorància. Cobra importància un periodisme i una informació capaç de desmuntar mentires, de no creure en veritats úniques, sinó en treballar i conrear una pluralitat que no respon a cap algoritme, i una pluralitat de veus que ens recorde la diversitat de la societat, i l’obligació de gestionar-ne la seua complexitat sense maniqueismes ni uniformitats.
Perquè el vertaderament important ha de ser el que cap màquina podrà mai reemplaçar: la memòria, l’emoció, l’experiència humana. Tornant a Machado, que ho convertí en poesia, “recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero”. Perquè, al capdavall, una vida no es medix solamente per la seua capacitat de calcular o de produir, sinó pel que som capaços de sentir i de recordar, de reconèixer per a reconèixer-nos, junts. Reivindiquem espais de pensament, ciutats fortes, certeses compartides, política de la certesa, i un periodisme que ens ajude a entendre i a compartir amb esperança i entusiasme.
Enhorabona a la Universitat de València, i a totes les persones que fan posible esta 43 edició de la Universitat d’Estiu de Gandia.
Moltes gràcies,
Bona vesprada,