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En una mañana con el cielo azul de la infancia, que escribió Machado, en casa no es que nos giraran la vida, sino que nos la rompieron. No hubo retorno al silencio, más allá de un vacío hondo, semejante al reguero de un estrépito, que durante un tiempo largo fue la honda ausencia y la cadencia de su recuerdo sobre las cosas. Hasta el recuerdo de su olor, su sofá intacto, los cedés tal y como los había desordenado, la bicicleta que le quitó la vida esperando llevarnos a otro viaje intrépido hasta las tripas de la melancolía. Hace hoy diecinueve años se murió mi padre, como se mueren los jóvenes a los que la vida por hacer, con todos los sueños intactos en sus pupilas de asombro, les sorprende atropellando su presencia arrolladora, su andar de alegría buscando el beso pulcro de la mañana; hasta su sonrisa confiando en la querencia de la tierra, con todas las cosas dispuestas a las pasiones y a los entusiasmos de vivir. Todo eso se marchitó pronto. Antes de desentrañar la inocencia de la vida, antes de que mi madre aprendiese a conjugar amor antes de olvido.

Se desenvolvió con la vida con la dulzura y la maestría de sus piernas en el campo de fútbol. Con la elegancia con que resolvía los pases y desmarcaba la pelota, hasta convertir el juego en una íntima conversación con el balón que era una arrolladora y generosa convivencia con el juego victorioso del equipo. Era, sin duda, jugada armoniosa y ganadora; sonreía siempre, desvestía las adversidades con el truco de su sonrisa, pronunciaba la frase precisa que calmaba las inexactitudes y las maldiciones. Nos enseñó a amar porque no sabía maldecir. Nos enseñó a enhebrar la mejor música con un trago de vino, a decir Pink Floyd antes del tiempo, a echar largas tardes en harmonía, silenciosa, entre la bicicleta y las montañas, cerca de la Marxuquera donde pensaba jubilarse. Nos enseñó a escuchar, como con cada visita en su despacho de la gestoría, donde anotaba las siguientes canciones que tejer con la púa de su impecable guitarra. Nos enseñó a sonreír, y hasta se diría que a transitar por la vida como transitan los hombres buenos: con la paz de su ejemplo y de su palabra irreversible. Vive eternamente en la memoria de quienes habitamos, desde entonces, su paz y sus sueños, y anhelamos con él el mundo que nos enseñaron los hombres felices, donde sólo basta su mirada generosa de la tierra y su incansable alegría de vivir. Diecinueve años. Y hasta hemos aprendido a recomponer los pedazos de la vida. Porque nos enseñó a vivir, a pesar de todo, y a soñar, con la luz impagable con que sellaba el primer beso de la mañana que aquel sábado se quedó por decir. Diecinueve años. Con su elegancia enhebrando su recuerdo. Conmigo.

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